13 de Octubre: ABEL

Abel es un niño de nueve años con problemas psicológicos, que podrían encuadrarse como un trastorno del espectro autista, aunque queda en el aire si su comportamiento es secundario a un trauma psicológico por la partida de su padre (quien huyó a los Estados Unidos dos años antes). Abel está interno en un hospital psiquiátrico e intuimos como rasgos esenciales su mutismo, tendencia al aislamiento, las estereotipias (pinta círculos compulsivos en su mano) y episodios de autoagresión proveniente de una familia con un padre ausente. Por falta de recursos económicos, su madre una mujer que está criando sola a sus hijos desde que su marido la abandonó, está convencida de que volver a reunirlo con sus dos hermanos lo ayudará a mejorar, por lo que convence al médico de Abel para que lo deje volver a casa una semana. De pronto, una mejoría se registra en el comportamiento del niño que vuelve a hablar y empieza a actuar como si fuera ek padre, mostrando su punto de vista de cómo era su padre, adoptando en todo momento dicha forma de ser, comportándose y hablando como tal. La madre y los hermanos le siguen la corriente para no causarle mayores daños, hasta que un día el regreso del verdadero padre plantea situaciones paradójicas.
Nos encontramos ante un film sencillo, sin pretensiones, pero que deja buen sabor de boca. Con una historia en la que se podía abusar del drama y conseguir una tragedia en toda escala, el director mezcla el sentido del humor, con los toques de inocencia de un niño pequeño, todo ello aderezado con el drama que supone ser una familia pobre en el México profundo con un padre que les ha abandonado.
Como explica el propio Luna, la película tiene algunos elementos autobiográficos: la figura materna es sumamente importante en la cultura mejicana; en parte se debe a que desde hace bastantes décadas los padres dejan a sus familias para ir a buscar trabajo en Estados Unidos.
Pero para abandonar a la familia ya no es necesario desaparecer “físicamente”, pues hay un tipo de abandono “emocional” mucho más habitual y que ocurre en demasiadas ocasiones y en todas las culturas. Los padres delegan en la madre gran parte del cuidado y la educación de los niños y éstos lo acusan. La figura del padre y de la madre son esenciales en el desarrollo cognitivo y emocional de los hijos. El tiempo (en cantidad y, sobre todo, en calidad) que empleemos con nuestros hijos es una de las mejores inversiones.
Criarse sin padre presenta serios riesgos para los niños como:
Mayor probabilidad de abusos sexuales, las investigaciones muestran claramente que la ausencia del padre aumenta la posibilidad de que un menor sufra abuso sexual. Según un estudio, de 52,000 casos de abusos de menores, “el 72% eran niños de hogares sin uno o ambos padres biológicos”.
Mayor probabilidad de actividad sexual a edad temprana, debido a que suele haber menos supervisión materna en un hogar monoparental,
Pobreza, En Estados Unidos, “el 10% de los niños de familias con ambos progenitores estaban en la pobreza [en 1995], en contraste con el 50% de familias en las que solo se encuentra la madre.”
Descuido, obligadas a valerse por si mismas y abrumadas por las responsabilidades, algunas madres solteras no pueden pasar suficiente tiempo con sus hijos. Una divorciada recuerda: “Trabajaba de día e iba a la escuela de noche. No hay duda de que descuide a los niños.
Daño emocional, aunque algunos expertos afirman que los niños sufren heridas emocionales que tardan mucho en sanar. Van por la vida sin rumbo fijo, con frecuentes falta de amor propio, depresión, comportamientos delictivos e ira persistente.
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